martes, 10 de septiembre de 2019

Los naturalistas también metemos la pata...

Siempre intento hacer las cosas lo mejor posible. Trabajar de forma ética y responsable, tratando de garantizar en todo momento la sagrada tranquilidad de los animales que observo. Para ello es vital la paciencia, el silencio, la distancia... Todo es poco para interferir lo menos posible en sus quehaceres diarios. Cuando se trata de publicar fotos o vídeos en redes sociales, analizo con lupa las posibles consecuencias para la especie en cuestión. Hay que tener mucho cuidado, por ejemplo, a la hora de compartir la localización de especies amenazadas o sometidas a una fuerte presión cinegética. El efecto llamada puede suponer la diferencia entre la vida y la muerte para nutrias, zorros, y otras criaturas igual de "delicadas". Para esquivarlo, pueden utilizarse sencillos trucos como evitar mostrar en las imágenes fondos o paisajes reconocibles, retrasar la fecha de publicación o simplemente llevarnos nuestro secreto a la tumba, si es necesario... Debemos anteponer el bienestar de los animales a la calidad de una imagen u observación.

Otro tema importante es el de las molestias durante la época de cría. Se desaconseja difundir inmediatamente imágenes de nidos, pollos, cachorros y en general cualquier indicio de reproducción de especies protegidas o en peligro de extinción. En algunos casos soy partidario de no sacarlas nunca a la luz... 

Hembra de colirrojo con una oruga en su pico. // EL NATURALISTA COJO

Todas estas normas forman parte de un código ético y personal que debe regir siempre nuestra forma de actuar en el campo. Pero todos cometemos errores, a veces inconscientemente. Entonces solo queda enmendarlos y corregirlos en la medida de lo posible, hacer examen de conciencia y aprender. La experiencia nos guiará la próxima vez...

A finales de julio me encontraba realizando con mi chica una ruta por el Condado de Treviño, en la provincia de Burgos, y sus pueblos olvidados: Obécuri, Bajauri, Urturi... Pequeñas pedanías en las que apenas un puñado de vecinos mantiene viva la memoria de su pasado. Hablamos con algunos de ellos, nos interesamos por sus costumbres y tradiciones, compartimos con los mayores recuerdos y nostalgia. Nos empapamos de paisaje y paisanaje, que es lo que nos gusta. Lo que en principio iba a ser una visita por algunos de los bosques mejor conservados de la región, hogar de aves tan escasas como el búho real o el pico mediano, acabó convirtiéndose en un enriquecedor viaje narrado por sus propios protagonistas. Protagonistas a los que ya nadie escucha.

Humilladero del Santo Cristo de Ubécuri. // EL NATURALISTA COJO

Buscábamos un lugar a la sombra en el que descansar y recuperar energías. Había sido una agotadora mañana rodando por monte y asfalto bajo un sol de justicia. Nos dirigimos al conocido humilladero del Santo Cristo de Ubécuri, una antigua capilla abierta y cubierta con una reja en la que los fieles se arrodillaban —se "humillaban"— ante las tallas guardadas en el interior de esta construcción. Delante de ella, a modo de improvisado mirador, el pórtico apoyado sobre unas columnas jónicas ofrecía unas preciosas vistas del pueblo y todo su entorno. Este fue el lugar elegido para hacer una breve pausa y comer un poco antes de continuar.

No tardamos en darnos cuenta de que teníamos compañía... Una hembra de colirrojo tizón revoloteaba confiada con una oruga en el pico. Minutos después, el macho. Iban y venían como por turnos, recorriendo de un lado a otro los muros de piedra o jugando al escondite al abrigo de los arbustos. Una ocasión inmejorable para hacer buenas fotos. Saqué con cuidado la funda de mi P1000, convencido de que no aguantarían mucho tiempo nuestra proximidad. Para mi sorpresa, no solo toleraban perfectamente nuestra presencia, si no que estuvieron casi una hora merodeando por los alrededores. Pero lo que más nos llamó la atención fue ese constante acarreo de orugas, diminutas larvas de color verde brillante que se enroscaban todavía con vida alrededor del pico de las aves. Circunstancia que pasamos por alto al principio y que a la postre sería importante para entender lo que estaba ocurriendo...

Nido construido sobre la mano del cristo. // EL NATURALISTA COJO

"Tendrán el nido cerca de aqui", le comenté a Leire cuando llevaba ya muchos minutos haciendo fotos y vídeos. Lo que para nosotros era puro entretenimiento, para ellos significaba estrés, fatiga y agotamiento. Pero no fuimos conscientes de la gravedad de la situación hasta que, llevada quizá por una profunda intuición, descubrió Leire que el nido de la pareja descansaba sobre la mano del Cristo, en el interior de la ermita que teníamos a nuestras espaldas. Sin darnos cuenta, bloqueamos el paso de los abnegados progenitores, incapaces de entrar a alimentar a su prole mientras permaneciéramos en el edificio religioso.

Con el tiempo justo para documentar tan singular ubicación para su valiosa puesta, y tras comprobar que eran tres los pollos que reposaban sobre la mano del Cristo crucificado, decidimos poner fin lo antes posible a la agonía de la familia, no sin antes asegurarnos de que los padres regresaban para reunirse con sus pequeños... Fue un gran alivio confirmar como instantes después de alejarnos tan solo unos metros, uno de los adultos atravesó como una exhalación la puerta que protege el humilladero... Sin duda el final esperado por todos.