lunes, 23 de abril de 2018

¡De regalo, una comadreja!

La suerte, el destino o quizá las dos primeras tórtolas europeas de la temporada me llevaron a descubrir uno de los animales más esquivos y bonitos de la Península Ibérica: la comadreja. Fueron las preciosas rulas las que me guiaron hasta el sendero en el que posteriormente vería al mustélido, un camino de tierra más o menos acondicionado que atraviesa el bosque, que a modo de cinturón verde, rodea las marismas del estuario del Miño. 

Dos ejemplares cuyo monótono arrullo me hablaba del fin de las lluvias, del establecimiento definitivo de esta tardía primavera... Me adentré en la senda con la intención de documentar su retorno, todo un acontecimiento teniendo en cuenta el dramático declive que ha experimentado esta especie en nuestro país. De regreso, cuando me giraba por última vez antes de incorporarme a la carretera principal, pude observar de reojo como algo pequeño y rojizo cruzaba a toda velocidad la pista justo detrás de mi.

En un primer momento creí que se trataba de un lagarto. Pero había algo que no me encajaba. Era esa forma de moverse, esa increíble rapidez... Sorprendido por la fugaz visión, me acerqué a la cuneta en la que se había parapetado. Intenté localizarlo sin éxito. Las altas hierbas guardaban con celo el misterio.

Con la esperanza de que volviera a salir, decidí esperar un poco más. Varios minutos después, un cuerpo ancho y redondeado reaparecía de nuevo entre la vegetación, tan brevemente que no tuve tiempo de identificarlo. Sólo me había quedado clara una cosa: aquello no era un reptil.

Comadreja (Mustela nivalis) en el estuario del Miño. // El Naturalista Cojo

Fuera lo que fuese, era evidente que me vigilaba desde su seguro refugio. Sólo cuando lograba reunir el valor suficiente, se asomaba tímidamente para ver lo que ocurría. Fue entonces cuando me de cuenta de que me encontraba ante una bellísima comadreja... Confieso que casi me da un vuelco al corazón. La donicela o doniña, como también se le conoce en Galicia, es una pieza codiciada para cualquier amante de la naturaleza.

Quería fotografiarla. No sería nada fácil, pues se trata de una criatura extremadamente nerviosa. Rápida como el rayo. Se había vuelto a ocultar, pero sabía que surgiría otra vez. Me situé a unos cuatro metros de ella, distancia que consideraba suficiente para no asustarla. Parecía querer cruzar al otro lado. Dudaba... De pronto, se atrevió a dar el paso, ocasión que no desaproveché para apretar el disparador de mi P900. Pero el animal se movió en el último segundo y fallé.

Me temblaba el pulso. Quizá se habían agotado mis posibilidades... Afortunadamente no fue así. Ahora iba a seguir todos sus movimientos a través del visor de la cámara. Mi concentración era máxima. Avanzó varios centímetros hasta alcanzar la franja de tierra, me miró varias veces y lancé un certero disparo. ¡La tenía!

Difícilmente podría haber imaginado un regalo mejor en el Día Internacional de la Madre Tierra. Una jornada que nos recuerda, según Naciones Unidas, "la interdependencia existente entre los seres humanos, las demás especies vivas y el planeta que todos habitamos". Tenemos la obligación de protegerla. 

martes, 17 de abril de 2018

La hora de los raposos

Hacía poco más de un mes que me había propuesto arrancarle secretos a la luna. Sumergirme en el mundo de las tinieblas y profundizar en el conocimiento de los animales nocturnos. Existe un buen número de especies, sobretodo entre los mamíferos, que desarrolla la mayor parte de su actividad en plena noche: ginetas, garduñas, jabalíes, tejones, nutrias... Criaturas muchas de ellas que se han visto obligadas a modificar sus costumbres para evitar entrar en contacto con el hombre, su peor enemigo.

Cuando salgo al campo lo hago a "pajarear", a observar aves, más habituadas a la presencia humana. Sé muy bien que toparse con alguno de los animales citados anteriormente es prácticamente imposible. Por esta razón, a principios de año estrené mi cámara de fototrampeo, una VICTSING, dispositivo dotado de sensores capaces incluso de detectar el paso de un ratoncillo.

Lo que nunca hubiera imaginado es que iba a ser bajo el tibio sol invernal cuando lograría captar las mejores imágenes de un carnívoro que rara vez se deja ver durante el día: el raposo.

El zorro más grande se aproximó a 50 metros de mi. // El Naturalista Cojo

Esta historia comienza la tarde del 22 de febrero, cuando recibí un mensaje de esos que aceleran las pulsaciones. Al otro lado del teléfono, un emocionado César amigo personal y artífice de algunos de los mejores descubrimientos para El Naturalista Cojo relataba el hallazgo de dos zorros en Morraceira das Varandas, una de las islas que dan forma y personalidad al estuario del Miño. Eran pequeños, "al menos uno de ellos", aseguraba, al tiempo que lamentaba no llevar la cámara encima en aquel momento. Le habían sorprendido después de comer, a eso de las 15:00 pm., y me animaba a regresar al día siguiente a por ellos...

Consideraba poco probable que volvieran a salir, así que decidí no ir... Craso error. No sólo no salieron, si no que lo hicieron en el mismo sitio y prácticamente a la misma hora. El chivatazo una vez más fue cosa de César. En esta ocasión pudo verlos momentos antes de desaparecer en el bosquete que les servía de refugio.

Había perdido una nueva oportunidad de observarlos. O eso creía... Cogí mis cosas lo mas rápido que pude y me fui directamente al estuario. Poco antes de las 16:00 h. de la tarde escudriñaba ya la zona en busca de nuestros protagonistas. Barría la isla de un lado a otro con mis prismáticos con la esperanza de localizarlos. Esperanza que se desvanecía con el paso de los minutos...

De pronto, en el transcurso de la incansable batida, enfoqué al primero de ellos, el más grande. El impacto de aquella visión inicial fue indescriptible... Caminaba tranquilo, completamente ajeno a lo que sucedía a su alrededor. Podía verme, podía escucharme, sin embargo no mostró el menor atisbo de miedo o desconfianza.

Uno de los zorros en Morraceira das Varandas. // El Naturalista Cojo

Acosado por varias cornejas, que denunciaban su presencia gritando y dando pasadas sobre su cabeza, se iba acortando poco a poco la distancia que me separaba del cánido. Ochenta, setenta, sesenta metros... Cada vez más cerca. Así hasta situarse justo delante de mi, al otro lado del río. Mi corazón latía apresuradamente. Tan deprisa, que tuve que tratar de relajarme para inmortalizarlo todo en fotos y vídeos. Las imágenes hablan por si solas. Los ojos de aquel animal salvaje, que detuvo su marcha en varias ocasiones para mantener contacto visual conmigo, me llegaron directamente al alma...

Pero la cosa no acaba aquí. Me preguntaba donde estaría el otro raposo. Lo imaginaba oculto entre la vegetación... No tardé en obtener respuesta. Pasadas las 18:00 h. de aquella ajetreada tarde, un precioso peluche anaranjado hizo acto de presencia. Era el menor de la pareja. El más bonito, el más tierno, de formas redondeadas y denso pelaje invernal. Parecía joven, pero no me atrevería a precisar su edad.

Avanzaba despacio, aparentemente tranquilo, más preocupado por olisquear cada palmo del terreno que pisaba. Pero yo no era el único que seguía sus movimientos... Delante de mi, dos ancianos contemplaban atónitos la escena. "Seghuro que alghén os botou" ("seguro que alguien los echó") comentaban entre ellos sin quitar ojo al animal, que no se inmutó lo más mínimo. Por desgracia, esta es una creencia que todavía se mantiene en los pueblos, donde los conceptos "depredador" y "alimaña" tienen idéntico significado... Apenas aguantó unos minutos antes de retirarse, lejos de miradas curiosas...


Sábado 24. Volvía a la carga, pero esta vez acompañado por César, sin el cual esta aventura no tendría ningún sentido. Con suerte compartiríamos juntos una apasionante jornada de campo. Habíamos quedado sobre las 15:00 h., oficialmente ya "la hora de los raposos", pero nuestros peludos amigos parecían haber olvidado la cita. Se retrasaban más de lo habitual. Hablábamos en voz baja, casi susurrando para no asustarlos, pero no hay ruido que escape al finísimo oído de maese zorro. Inesperadamente, algo que se movía llamó mi atención... ¡Mira, mira, mira!, reaccioné inmediatamente con expresión contenida. A simple vista reconocimos a uno de ellos, el más pequeño. Estaba a lo suyo. Orinaba, mordisqueaba, venteaba el aire con su largo hocico... Una breve visita que a nosotros nos llenó de alegría. 

Quise probar fortuna también el domingo. Sin embargo, tenía el presentimiento de que no acudirían... No me equivocaba. Hice una nueva espera que resultó infructuosa. La posterior crecida del río, una de las más impresionantes que se recuerdan, puso el punto y final a mis "encuentros con lo libre". Los raposos se vieron obligados a abandonar su morada antes de que el agua anegara por completo las islas. Como si la naturaleza quisiera hacer borrón y cuenta nueva. La corriente arrastró y se llevó muchas cosas. Pero el recuerdo de lo vivido aquellos días permanecerá para siempre conmigo.