jueves, 15 de septiembre de 2016

La laguna de la muerte

Tenía ganas de compartir estas fotografías... Y pido perdón de antemano por lo duras ―y hasta cierto punto desagradables― que pueden resultar para el lector. Pero podéis estar tranquilos. No me he vuelto loco de la noche a la mañana. No es que disfrute con la muerte de seres tan hermosos como las serpientes... No.

Desde el mismo momento del nacimiento de este proyecto que he dado en llamar El Naturalista Cojo, he intentado seguir una línea marcadamente positiva en todas y cada una de mis publicaciones. Pero hay cosas ante las que uno no puede permanecer indiferente, aunque ello implique desviarse por un momento del camino preestablecido.

Las imágenes que veis corresponden al pasado sábado 27 de agosto, día en el que decidí visitar una pequeña laguna ubicada en la localidad pontevedresa de O Rosal.

El panorama que me encontré nada más llegar fue desolador: el agua, teñida de amarillo, evidenciaba una grave contaminación, con toda seguridad por pesticidas. La laguna, aparente oasis  de vida en medio de una enorme extensión de viñedos, ocultaba la muerte en su interior. Latas de refrescos, bolsas de plástico y otros desperdicios aparecían esparcidos aquí y allá entre los pinos que se levantaban por todo el perímetro. Era como un horrible presagio de lo que estaba por venir...

Detalle de la cabeza de una de las culebras. //Manu Sobrino

Sin embargo, pude constatar que incluso en este ambiente insano y de completo abandono lograban sobrevivir varias especies de libélulas, anfibios y pequeños pececillos. Cómo era posible, me preguntaba yo...

Concentrado en la obtención de datos y fotografías sobre la laguna, no reparé en el único sonido que rompía la tranquilidad del lugar. Un incesante y molesto zumbido que procedía de unos arbustos situados justo detrás de mi.

Me di la vuelta esperando ver alguna mosca o bicho similar. Pero lo que vi a continuación me dejó completamente helado. Había moscas, si. Moscas de diferentes especies. Junto a ellas, varias avispas comunes revoloteaban en torno al cuerpo sin vida de una pequeña culebra, enroscada y colgada a conciencia sobre una rama. La escena era de película de terror.

Pero una observación más detallada me permitió comprobar que no era uno, si no dos, los ofidios dispuestos en aquella posición. Pude distinguir dos cabezas y dos colas.

No había lugar a dudas. Los animales habían sido asesinados y sus cadáveres colgados en una especie de broma macabra.

Las dos culebras colgadas. //Manu Sobrino

Determinar la identidad de los reptiles no fue tarea fácil dado el grado de descomposición que presentaban. Finalmente, con la inestimable ayuda de mis amigos de Colectivo Matogueira, concluimos que se trataban de dos pobres culebras de collar (Natrix astreptophora), especie típicamente ligada a medio húmedos, aunque también podemos encontrarla en prados y campos de cultivos.

Produce enorme tristeza ―e inquietud― pensar que vivimos rodeados de personas capaces de hacer algo así. Sufren estas criaturas las nefastas consecuencias del bien llamado "racismo zoológico", que no es otra cosa que el odio irracional e injustificado hacia todas aquellas especies que no nos gustan, nos dan miedo o, directamente, nos estorban. El destino de todas ellas es siempre el mismo. Morir.

Pero esto es otra cosa... Aquí el miedo o la ignorancia juegan un papel secundario. ¿Qué puede entonces haber llevado a alguien a exhibir de esta manera a las serpientes?

Lobos, zorros, jabalíes e incluso perros  ―si, perros―  son víctimas habituales de este sin sentido. ¿Qué expresan este tipo de comportamientos? ¿Cúal es su finalidad? ¿Acaso reflejan cierto nivel de psicopatía?