lunes, 27 de junio de 2016

La merienda del lagarteiro

Ignoraba si el elanio azul o común (Elanus caeruleus) pasaba con nosotros los meses fríos. Lo que si sabía era que esta pequeña falcónida llevaba ―y todavía lleva― varios años viviendo y criando en las fértiles veigas de Valença do Miño, al otro lado de la frontera que marca el gran río. 

El 28 de febrero era un día ventoso, con más nubes que claros y poco propicio para pajarear. Sin embargo, llevaba mucho tiempo sin visitar aquella zona, y ya tocaba volver.

Con poca motivación y bastante desgana crucé el puente que separa las localidades de Goián y Cerveira. No daba un duro por ver al lagarteiro. En realidad no daba un duro por ver absolutamente nada... Quince minutos después había llegado a mi destino: una enorme extensión de tierra dedicada en gran parte al cultivo de maiz y delimitada en su cara oeste por un frondoso y bien conservado bosque de ribera.

No tardé en registrar las dos primeras observaciones. Una pareja de miñatos que, como queriendo animarme, volaba en círculos sobre la vertical de mi coche. No era nada nuevo. El ratonero abunda por aquí, así que apenas levanté la vista unos segundos mientras conducía pausadamente siguiendo la pista principal que atraviesa los campos.

El elanio común es una rapaz originaria de África que en las últimas décadas
ha experimentado una espectacular expansión. //Manu Sobrino

Varios cientos de metros en línea recta se encuentra el desvío que, en forma de 'U' invertida, bordea el territorio de caza del elanio común. Pero este último tramo lo haría desde mi silla de ruedas, con el fin de minimizar posibles ruidos o molestias que pudieran asustar a los ya de por si huidizas rapaces.

Rodaba sin prisa, viendo y escuchando, rodeando lentamente la propiedad de las aves. A medio camino decidí detenerme, y un rápido barrido con los prismáticos me permitió localizar al primer individuo. Se cernía con suprema elegancia por encima de una maraña de árboles y arbustos de pequeña talla. Instantes después desaparecía, engullido literalmente por la apretada vegetación. 

Estaba contento. Fue llegar y besar el santo. "¡Al final voy a tener suerte!", pensé. De un plumazo (y nunca mejor dicho) se había despejado la incógnita. El elanio es una especie residente, es decir, no realiza migraciones estacionales. Permanece todo el año en un determinado lugar si este le proporciona seguridad y alimento en abundancia.

Tenía que meter una marcha más. Cubrí rápidamente los últimos metros hasta situarme a la altura de unos alisos completamente secos y desnudos que los elanios acostumbraban a utilizar como oteaderos naturales.

Una distancia de 50 metros me separaba de los árboles. Distancia que debería acortar si quería obtener buenas imágenes de los animales. Pero entre ambos se interponía un obstáculo difícil de salvar. Una finca, en aquel momento en desuso, que meses atrás había sido sembrada de maiz.

Pico picapinos observado aquel 28 de febrero en Valença. //Manu Sobrino

No me quedaba más remedio que atravesarla. Ya lo había hecho otras veces. Alcé la mirada dispuesto a avanzar. Lo que vi entonces no se me olvidará mientras conserve la memoria. Un precioso lagarteiro, probablemente el mismo de antes, se disponía a dar buena cuenta de la presa que acababa de capturar.

No me podía creer lo que estaba viendo. Nervioso, desenfundé la cámara que todavía guardaba en la mochila. Ni siquiera las alegres canciones que sonaban a través de la megafonía de alguna fiesta cercana consiguieron tranquilizarme. 

Por un momento se me pasó por la cabeza cruzar la finca para poder ver de cerca la insólita escena. Pero tardaría demasiado y con toda seguridad espantaría a la rapaz. Así que, con buen criterio, tomé la decisión de grabar desde lejos. 

Decisión que también tenía sus inconvenientes. Porque a las fuertes rachas de viento reinante y la considerable distancia, había que sumar otro factor que condicionaría notablemente la calidad de los vídeos: mi pésimo pulso en situaciones como esta. Temblando de pura emoción, a duras penas lograba mantener estable mi P900.

A pesar de todas las dificultades pude documentar con claridad los últimos instantes del banquete. Pero en esta ocasión prefiero que sean las imágenes las que hablen por mi:


Satisfecha y supongo que saciada, el ave echó a volar, dejándome por fin el terreno despejado para iniciar la agotadora y lenta aproximación. 

El listón estaba tremendamente alto. Sin embargo, disfruté siguiendo las evoluciones de un inquieto picapinos. Medio oculto entre hierbas y toxos, a pocos metros de los esqueléticos alisos, espiaba al trabajador carpintero. Y a juzgar por el aspecto de la corteza de los troncos, perfectamente cuarteada en todos ellos, el trabajo de estos pícidos era constante y estaba bien remunerado. En efecto, los 'petos' encuentran en los entresijos de la madera muerta los nutritivos invertebrados que constituyen la base de su dieta.

Otros protagonistas de la tarde fueron zorzales, urracas, pinzones, mitos, carboneros, mirlos, verderones, verdecillos... incluso un bonito y solitario avión común.

Caía la noche, dibujando en el cielo una de las puestas de sol más impresionantes que recuerdo. Volviendo sobre mis pasos ―perdón, sobre las huellas de mis neumáticos en la tierra― pisé de nuevo tierra firme. Era hora de marcharse. El canto monótono de la codorniz me acompañó en el trayecto de regreso al coche. Pero las veigas me reservaban una sorpresa más...

Eran dos siluetas conocidas, esbeltas, oscuras por la ausencia de luz. Con alas puntiagudas, de extremos sombreados. Era una pareja de elanios haciendo gala de su extraordinario dominio del medio aéreo. Aproveché la oportunidad para tomar algunas fotos antes de irme. Era, en definitiva, la guinda del pastel.

jueves, 9 de junio de 2016

El regalo de las profundidades

Un día de playa puede convertirse en una jornada inolvidable y enriquecedora. Como la de aquel 27 de junio, día de mi cumpleaños.

Sobre las rocas, una masa informe y de apariencia viscosa. Coloración rojo granate, o quizá marrón oscuro. Los rayos del sol incidían directamente sobre aquella extraña criatura, circunstancia que haría variar sin duda el tono de su "piel".

Jamás había visto nada igual. Desconcertado, no lograba "entender" la morfología del animal... ¿Dónde tiene la cabeza? ¿Y las extremidades? ¿Es un pez? Visto desde lejos y en un primer momento llegué a pensar que se trataba de un montón de algas apiñadas o alguna especie de planta marina. Pero lo que en un principio parecía un cuerpo inerte, conservaba todavía cierta movilidad.

Empujado por mi infinita curiosidad, no tardé en realizar varias fotografías con lo único que tenía a mano, mi teléfono móvil. Fotografías que compartí con mis amigos, quienes no dudaron en calificar al bicho de "feo" y "asqueroso". Para mi era un ser verdaderamente atractivo al que estaba deseando poner cara, y nunca mejor dicho... Quería identificarlo.

Pronto se desveló el misterio. A los poco minutos recibo un escueto mensaje: "Es una liebre de mar". A pesar de su nombre, la liebre de mar poco tiene que ver con los orejudos lagomorfos que todos conocemos. Es un molusco gasterópodo, y como tal, está emparentado con caracoles y babosas. Vive en aguas poco profundas, cerca de la costa, y no es raro que aparezcan algunos ejemplares arrastrados por las mareas.

Lejos de su medio, la liebre estaba condenada. Las alas o aletas que le permitían desplazarse dentro del agua resultaban inservibles fuera de ella. Era necesario sacarla de allí. Con cuidado, la cogí con una mano, ayudándome con la otra para arrastrarme y alcanzar así la orilla del mar. Satisfecho, la devolví al lugar del que jamás debió salir. Ahora estaba a salvo.

Con sus alas o aletas plegadas sobre su cuerpo, la liebre estaba
condenada a una muerte lenta pero segura //Manu Sobrino